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Despiertan los colores.

Arriesgados Lectores...

05 junio 2012

Venganza de seda

   Un tumulto de gente desconocida nos gritaba su apoyo tras la barrera policial. Sus fervientes arengas ponían a caer de un burro a bancos, gobierno y políticos.
   El fatídico día del desahucio había llegado.
   Mis padres agitados e impotentes miraban con ojos aguados aquellas paredes que tanto esfuerzo y trabajo  les había costado comprar. Ahora con solo el esfuerzo de una rúbrica y de cuatro empujones, ¡a la puta calle!
   En protesta, aquella noche acampamos frente al chalé del director de la sucursal bancaria. Era un transformer porque mi padre siempre decía de él que tras los sucesivos impagos  se había transformado de benefactor a villano, que le había arropado entre lana de cordero y ahora se lo merendaba con dientes de lobo. Mientras intentábamos dormir en el minimalista apartamento Decatlón sentimos un pinchazo en el cuello. Mis padres y yo nos incorporamos y nos miramos sorprendidos. Nuestro tamaño menguaba considerable y velozmente, nuestras extremidades pasaron de cuatro a ocho al igual que nuestros ojos y cada uno con su lente, nuestra espalda se convirtió en una cutícula rígida y muy dura.
-¡Joder, que pasada!- grité saliendo al exterior. Entramos a dos patas y salimos a ocho como en los bares.
   -¡Tengo ojos hasta en el cogote!- vociferó mi madre alucinada.
   -¡Ah pero es que antes no los tenías!- dijo mosqueado mi padre mientras se zampaba un grillo que estaba dando la tabarra.
   Aquella mutación arácnida nos permitió tejer nuestra particular venganza.
   Nos adueñamos de la casa del transformer. Mi madre tan laboriosa y clásica como siempre, se encargó de hacerle la vida imposible a la réplica “made in China” de la Barbie instalándose en su vestidor, disfrutaba  día y noche tuneando con hilo de seda sus trapos de marca.
 Mi padre asustaba por su gran tamaño y balanceo agresivo. Caminaba y trepaba por paredes y techos provocando el pánico familiar, yo discreta y tímida me adueñé de su fantástica biblioteca. Solo yo puedo disfrutarla, él ya no se atreve a acercarse después de tener que llamar al servicio toxicológico varias veces por mis picaduras.

Glosagon.